Análisis y psicología de los Mandalas

Los Mandalas son diseños circulares que reflejan la integridad de la persona que los crea. Según Carl Jung, “un mandala es la expresión psicológica de la totalidad del yo”. Jung, un psiquiatra suizo, descubrió la importancia de los mandalas a través de su propio trabajo interno.

“Esbozaba cada mañana en un cuaderno un pequeño dibujo circular, un mandala, que parecía corresponder a mi situación interior en ese momento. Con la ayuda de estos dibujos pude observar mis transformaciones psíquicas de un día a otro … Mis mandalas eran criptogramas … en las que veía el yo, esto es, todo mi ser, activo en el trabajo”.

¿Cómo puede ser que los dibujos circulares simbolicen la totalidad de una persona? ¿Hay alguna cualidad única sobre los círculos que los hace importantes en la psicología de los seres humanos? Sabemos que los círculos han significado la idea de la totalidad entre muchos pueblos tradicionales. ¿Por qué las personas modernas se sienten obligadas a dibujar círculos y crear mandalas? Una revisión de la investigación en psicología y desarrollo infantil sugiere que los círculos son parte de la estructuración fundamental de la identidad personal.

Círculos y uno mismo

La investigación con niños ha demostrado que nacemos con un deseo de mirar círculos. Los bebés de menos de una semana prefieren mirar líneas curvas cuando se les da la opción entre curvas y rectas (Fantz y Miranda, 1975). Los bebés de tres a cinco semanas fijan sus ojos en la línea del pelo oval que enmarca un rostro (Haith, Bergman y Moore, 1977). Los bebés de tres meses o incluso más jóvenes optan por mirar formas simples y completas, como círculos, en lugar de formas complicadas con partes y piezas desordenadas (Slater, 1997). Y se ha encontrado que los niños de dos meses de edad pueden distinguir entre círculos con patrones que sugieren una cara y círculos con patrones revueltos (Goren, Sarty y Wu, 1975). Se cree que estas habilidades para buscar estímulos circulares parecidos a la cara ayudan a los bebés a relacionarse con sus cuidadores.

La capacidad de reconocer círculos está incorporada en nuestro aparato visual. Los investigadores han encontrado que nuestros ojos organizan la entrada visual en los patrones incluso antes de transmitir percepciones al cerebro (Horowitz, 1983). Según la psicología de la Gestalt, las formas simples y cerradas, como los círculos, son más rápidamente percibidas y reconocidas como significativas (Kohler, 1992). Debido a esto los círculos salen de una masa confusa de entrada visual aleatoria y son reconocidos como algo conocido y familiar.

Los círculos son registrados por el ojo y pasados ​​directamente a la corteza visual sin procesamiento intermedio (Horowitz, 1983). Debido a que los círculos se ven iguales si el lado derecho hacia arriba o al revés, el cerebro no tiene que hacer un procesamiento intermedio para reconocer un círculo como lo hace al identificar un cuadrado o alguna otra forma que ha sido rotada. Esta facilidad de identificación da a los círculos una ventaja sobre otras formas que compiten por nuestra plena atención.

La forma esférica del ojo mismo significa que nuestra información visual es tomada literalmente a través de un círculo. La forma del globo ocular determina que la disposición de varillas y conos, las células en el ojo que reciben y registran la luz, es circular. Lo que estamos viendo en un momento dado consiste en un área central enfocada (con la excepción del punto ciego donde las vías nerviosas abandonan el globo ocular) y un área periférica que se desvanece hasta los límites de la visión. Debido a que el globo ocular es esférico, el área total de la vista, el campo visual, es circular.

James Gibson (1986) sugiere que el campo de visión circular juega un papel importante en el desarrollo de un sentido del yo que empieza muy temprano en la infancia. Con lo que un bebé puede ver en su campo visual, desarrollando la simple conciencia de sí mismo como lo que siempre está presente. La nariz del bebé es un objeto constante e inmutable en su campo visual. Sus brazos, piernas y tronco cambian de aspecto a medida que se mueve. Sin embargo, con la experiencia, puede identificarlos, también, como cosas que siempre están ahí.

Al coordinar lo que ve dentro del campo de visión circular con mensajes cinestésicos de su cuerpo, forma un sentido de sí mismo como un ser físico. Este rudimentario sentido del yo como objeto se perfecciona a través de la experiencia y la maduración. Sin embargo, parece que perdura en la edad adulta. El sentimiento que tenemos de que “yo” resido en mi cabeza es probablemente el resultado de esta misma información visual, enmarcada en el campo de visión circular. Parecería lógico que este sentido básico del yo sea nuestra propia imagen de sí mismo, a la que nos referimos a menudo sin ser conscientes de que lo hacemos. Debido a que el campo de visión es circular, los círculos se han asociado con esta experiencia visual básica de nuestro ser físico.

Mandala del niño

Los círculos aparecen temprano en el arte de los niños. La expresión del arte de los niños comienza como garabatos al azar. Kellogg (1967) ha documentado el progreso de los niños desde garabatos hasta círculos de dibujo desde los dos años de edad. A la edad de tres años los niños aprenden a dibujar círculos sin hacer garabatos y comienzan a asignar significado a sus formas circulares.

A la edad de tres o cuatro años, los dibujos de los niños evolucionan en formas más elaboradas. Sin ninguna enseñanza de los adultos, crean espontáneamente soles, flores, mandalas y gente radiante, con brazos y piernas brotando de grandes cabezas circulares.

Los dibujos que los niños hacen parecen tener poca semejanza con el cuerpo humano, dada nuestra propia perspectiva adulta. Tienen sentido, sin embargo, como una representación del sentido visualmente basado en el yo descrito por Gibson. Tómese un momento para probarlo usted mismo. Mire su cuerpo y considere cómo dibujaría lo que veía. ¿No son los dibujos de los niños una imagen sorprendentemente precisa de este punto de vista? El círculo no es una cabeza, sino un intento de dibujar lo que todo el cuerpo se ve como visto desde arriba, enmarcado por el límite circular del campo de visión.

 

Cuando los adultos dibujan círculos, revisamos estos descubrimientos de la infancia. A medida que crecemos y desarrollamos ideas cada vez más complejas acerca de quiénes somos, la creación de mandalas circulares es un camino de regreso a nuestro sentido primario de sí mismo. Mandalas proporcionan un puente entre las imágenes de uno mismo anteriores y nuestra experiencia actual de nuestro uno mismo. Los mandalas que creamos funcionan como una especie de base, un contenedor donde creamos y recreamos nuestro sentido de lo que somos.

Dibujar mandalas nos ayuda a centrarnos psicológicamente. Un círculo es una piedra de toque calmante en el proceso de crecimiento y cambio a lo largo de toda la vida. Crear o colorear un mandala nos ayuda a orientarnos, a integrar nueva información sobre nosotros mismos y a reformular nuestra identidad. Esta es una continuación del proceso que comienza cuando somos niños dibujando círculos y creando mandalas.

El orden psicológico creado por el dibujo de un mandala circular se extiende hacia afuera para ayudarnos a orientarnos dentro de nuestra actual situación de vida (Wertheimer, 1959).

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